Hace unas semanas os mandamos el enlace a la encuesta-memoria del curso 2016-2017.
Os facilitamos ahora la posibilidad de realizarla también desde aquí.
Estará operativa hasta el miércoles 12 de julio.
Blog de formación del profesorado. Aquí también encontrará información sobre la oferta formativa al profesorado de Religión de la Archidiócesis de Sevilla realizada desde las distintas entidades tanto públicas (CEP´s) como eclesiales. https://www.facebook.com/profesoradodereligiondesevilla
miércoles, 5 de julio de 2017
domingo, 30 de abril de 2017
SENTIDO DE LA VIDA
FRANCESC TORRALBA: 'NO ME
GUSTARÍA MORIR Y DARME CUENTA DE QUE NO HE VIVIDO'
Paula Martínez del Mazo
@paulamartinezdm
Si estás leyendo estas líneas, puede que alguna de las
siguientes cuestiones pasen por tu cabeza: ¿Por qué tenemos que hablar de
esto?, estas preguntas me ponen nervioso, qué denso todo, ¡qué rayada!, en
serio, no es necesario. Vamos a dejarnos de tonterías y a hablar de la vida
real, para qué me voy a complicar la cabeza si no hay respuesta.
Al escuchar ciertas preguntas, respondemos casi de
forma automática con una serie de respuestas en bucle que intentan rebajar las
preguntas existenciales a la categoría de inútiles. Además, suele acechar una
pereza bastante difícil de superar para terminar concluyendo que es más fácil
no preguntarse. Francesc Torralba es filósofo, teólogo y actualmente es
catedrático de Ética en la Universidad Ramón Llull. Entrevistarle implica que
cada pregunta se vuelve en una aún más profunda. Sin embargo, este provocador
de preguntas es, sobre todo, un buscador de respuestas. Dice que aquello de lo
que muchas veces escapamos constituye al hombre, plantea que el deseo de
infinito puede ser fruto de una patología o de una realidad y que se nos
va la vida en el modo de responder a esto.
Responder de una manera u otra a estas preguntas es
inevitable. Francesc nos ayuda a entender en qué consiste esta encrucijada en
la cual la ausencia de respuesta ya es, en sí misma, una respuesta
contundente. Catalán, profesor universitario, experto en Kierkegaard,
aficionado a correr maratones y al cross de montaña, casado y con cinco hijos.
Woody Allen, en una entrevista para El País Semanal dice lo siguiente:
“Vivimos en un mundo que no tiene sentido, ni
propósito. Somos mortales, y todas las preguntas importantes… Para mí lo
importante no ha sido nunca quién es el presidente de Estados Unidos, esas
cuestiones van y vienen. Las preguntas importantes se quedan con nosotros y no
tienen respuesta. ¿Por qué estamos aquí? ¿Qué estamos haciendo aquí? ¿De qué va
esto? ¿Por qué es importante que envejezcamos, por qué morimos? ¿Qué significa
la vida? Y si no significa nada, ¿de qué sirve? Esas son las grandes cuestiones
que nos vuelven locos, no tienen respuesta, y uno tiene que seguir adelante y
olvidarse de ellas”.
Woody Allen tiene muchas preguntas sin respuesta. ¿Es
sólo él el que se las pregunta, se le ha soltado un tornillo o todos los
hombres estamos un poco locos en este sentido?
Somos animales metafísicos. No podemos responder de un
modo concluyente a las grandes cuestiones de la existencia humana. Menos aún de
una manera científica. Sin embargo, la metafísica como disposición natural
forma parte de nuestro ser y la cuestión del sentido es intrínseca a la
condición humana.
No siempre se dan las circunstancias idóneas para que
emerja la pregunta, pero cuando se interrumpe la lógica de los acontecimientos,
cuando tiene lugar una experiencia límite como la muerte de un ser querido o
una experiencia cumbre de extraordinaria belleza, verdad, unidad o bondad,
aflora, con fuerza, la pregunta por el sentido.
¿No es irracional esperar algo que no se puede
cumplir? Sabemos que no podemos volar y por tanto no intentamos saltar por la
ventana para ver si esta vez es posible. Sin embargo, con la felicidad, por
ejemplo, pasa lo contrario; tenemos muchas experiencias de fracaso y aún así,
seguimos intentándolo. ¿Qué cree que hace al hombre seguir buscando?
El anhelo de felicidad es constitutivo del ser humano.
Todos los seres humanos -dice Aristóteles- desean, por naturaleza, ser felices.
La cuestión radica en aclarar en qué consiste ese estado de ánimo que
denominamos felicidad y cómo alcanzarlo. La búsqueda de esa
plenitud está en la dinámica del deseo y por múltiples vericuetos, en
ocasiones, terriblemente dañinos, tratamos de encauzar la potencia de este
deseo.
¿Tenemos todos los hombres los mismos deseos? ¿Cree
usted que vienen “de fábrica”?
El ser humano es, por definición, un ente de deseo.
Anhelamos lo que no somos, deseamos lo que no poseemos, experimentamos una
inquietud ontológica que nos proyecta hacia algo que nos trasciende. Nada de lo
que hay en este mundo colma esta inquietud ontológica. He aquí nuestro drama.
Tampoco la vía de la extinción del deseo me parece humanamente viable, porque
extinguir el deseo es como extinguir la condición humana. El deseo es fuerza
motriz, principio de movimiento, voluntad de ser, pero, simultáneamente, la
causa de todos nuestros padecimientos.
Usted
no dice solamente que el hombre tenga deseos sino, además, que es deseo, que el
deseo es una cualidad que le constituye, ¿no es demasiado atrevido decir
esto? ¿a qué se refiere exactamente?
El deseo no es algo que se posea de un modo extrínseco
como se posee una casa o un libro. El deseo forma parte constitutiva del ser
humano. Reconocerlo es fundamental para saber quiénes somos y de qué estamos
hechos. Existen distintas formas y manifestaciones del deseo fundamental que
vertebra la existencia humana, pero el deseo subsiste como tal y nos proyecta
hacia lo que desconocemos, hacia algo que no podemos definir claramente, pero
que barruntamos con la imaginación.
¿Qué es el deseo en el ser humano? ¿Cuál es la diferencia
entre desear una Coca Cola o una sesión de masajes y, por otro lado, desear la
felicidad, que mi marido o mujer me ame para siempre o que los que quiero no se
mueran nunca?
Existen deseos de distinta naturaleza. Por un lado,
está el deseo de tener, que se relaciona directamente con objetos, con
realidades tangibles, con seres humanos. Uno desea un coche, pero también puede
desear la presencia de un ser amado. Pero, por otro lado, está el deseo de ser,
que se relaciona con lo que uno aspira a devenir, con sus ideales más
profundos, con sus voliciones más secretas. Nada colma el deseo de ser porque
este deseo es de naturaleza infinita. Por eso, el deseo ontológico descentra al
ser humano, porque le conduce hacia lo que todavía no es, pero aspira a ser.
¿Por qué se dice que el deseo es signo de
trascendencia, de naturaleza infinita? ¿No podría ser una cualidad del ser
humano que no remite necesariamente a otra cosa? ¿Es más razonable pensar que
sí?
Trascender es cruzar un límite, elevarse a un plano desconocido,
explorar un territorio ignoto, tener la audacia de adentrarse en lo que está
fuera del alcance de nuestra razón. El ser humano puede trascender de múltiples
modos. Este anhelo de superación, de conocer lo desconocido, de indagar lo que
está más allá de los límites de la razón, de cruzar las fronteras de lo
conocido es el motor del desarrollo científico y tecnológico. Se puede
trascender en el conocer, en el amar, pero también tenemos la capacidad de
trascender el mundo de las pasiones y de poner entre paréntesis nuestras
necesidades para conseguir un determinado fin. Dos palabras caracterizan la
existencia humana: encarnación y vector. Estamos enraizados en la realidad
empírica, en un entorno cultural, histórico y geográfico, pero, simultáneamente,
apuntamos hacia algo que está más allá de este entorno, deseamos elevarnos para
conocer qué hay más allá de él, descubrir qué territorios se extienden más
allá.
¿Existe alguna relación entre los deseos del ser humano y el
reconocimiento de la existencia de Dios? Si es así, ¿cuál?
Dios no es un objeto. Dios trasciende cualquier categoría y
concepto humano. Está más allá de cualquier sistema teórico o formulación
filosófica. La raíz de este deseo ontológico se puede explicar de dos modos:
puede ser la manifestación de una patología fundamental, de un desorden de
nuestro ser; pero puede ser, también, la expresión de Dios en nuestra
naturaleza. La inquietud del corazón forma parte esencial del ser humano. San
Agustín considera que Dios mismo ha instalado esta inquietud en el corazón del
hombre y que ésta sólo puede ser colmada en el momento de la reconciliación con
Dios. Yo considero que esta inquietud no puede ser fruto del azar y de la
casualidad; que no puede ser un desorden constitutivo de nuestro ser.
Hay quienes plantean que la pregunta por Dios y su relación con el
deseo del hombre es fruto del entorno cultural y de tradiciones conservadoras
y/o radicales que pretenden implantar sus ideologías utilizando algo tan
natural como el hecho de que el hombre desee. ¿Qué diría ante esto?
La palabra Dios es una de las palabras más manoseadas e
instrumentalizadas de la historia. Es un significante que alberga una
multiplicidad de significados. Todo ser humano es fruto de su circunstancia
histórica, cultural y religiosa, lo que significa que no puede comprenderse al
margen de su contexto inmediato. En ese contexto ha recibido una imago Dei, un
modo de entender a Dios, pero todo ser humano, en virtud de su inteligencia
espiritual, puede tomar distancia de esa imagen, someterla a crítica,
cuestionar su naturaleza; puede poner entre paréntesis el sistema de
prejuicios, de tópicos y de valores que ha recibido, de un modo inconsciente, a
lo largo de su vida y preguntarse, en primera persona del singular, si Dios es
algo más que la imagen mental que se ha construido de Él; es capaz de
percatarse de la distancia infinita que existe en entre el ídolo que subsiste
en su mente y el Dios que está más allá de toda palabra y de todo concepto.
¿Es verdad que todos los hombres, sin excepción, se preguntan en
algún momento acerca de las preguntas últimas de la vida (Dios, el sufrimiento,
el amor o la muerte)? ¿Es posible no plantearse estas preguntas?
Sería un despropósito afirmar lo que ocurre en la esfera interior
de todos los hombres. Apenas conocemos nuestra propia interioridad, pues, como
dice santa Teresa de Ávila, vivimos muy separados de nosotros mismos y nos
conocemos muy poco. Existimos fuera de nosotros mismos, en la ronda del
castillo. Extrañamente visitamos las moradas del castillo interior. Por lo
general, se sucumbe al fenómeno de la proyección. Uno proyecta en los otros lo
que le ocurre a él, lo que siente en sus adentros, traslada a los otros lo que
sufre interiormente, pero cada ser humano es un microcosmos único, un ente
singular en la historia de carácter enigmático. De lo que no cabe duda, a mi
modo de ver, es que cuando uno experimenta una situación límite y siente cómo
todo lo que era sólido y consistente en su vida se derrumba, se deshace en la
nada y siente como se precipita en el vacío, se pregunta por el sentido de su
vida. Esta pregunta es un viaje sin retorno. Para algunos, la experiencia de la
caída al vacío conduce al ateísmo, para otros es el principal motor de la fe.
¿Y si hay personas que no son capaces de reconocer nada más allá
de lo que tienen delante?
Vivimos sumergidos en el seno de una cultura inmediatista y
materialista. El mantra de esta cultura es conocido: sólo existe lo que se
puede verificar empíricamente, lo que puede ser cuantificado, medido, sopesado,
calculado, tabulado, en definitiva, lo que puede ser percibido. Sin embargo, la
realidad trasciende lo que podemos conocer de ella. Existe un universo que está
más allá de nuestra percepción, que se extiende en distintas direcciones y que
no podemos someter a cálculos matemáticos, ni cuantificar. No podemos demostrar
la existencia de esa dimensión de la realidad, pero somos capaces de entrever
que la magnitud de lo real no puede contenerse en la esfera de la mente humana.
¿Cómo se descubre el significado último de la vida en las cosas o
en los acontecimientos? ¿Se descubre en la vida o es fruto de la mera
reflexión? ¿Existe un método?
La pregunta por el sentido trasciende los límites de la ciencia.
No existe una respuesta apodíctica a tal pregunta. Aún así, uno puede meditar a
fondo sobre lo que realmente colma su ser, sobre lo que le llena y lo que le
realiza interiormente. Puede, también, aprender de otros y estar atento a sus
relatos y experiencias. Para ello, es fundamental tener la audacia de
cuestionar las grandes narrativas del sentido que se imponen en el imaginario
colectivo. Con frecuencia, esas narrativas conducen al vacío y a la
desesperación. Lo que llena al ser humano no es de orden material. Necesitamos
objetos para vivir y para desarrollarnos, pero lo que verdaderamente nos llena
se relaciona con la práctica del bien, con la verdad, con la unidad y con la
práctica de la bondad.
¿Nos podría contar una experiencia concreta de su vida en la que
un deseo le haya llevado a hacerse alguna pregunta vital?
El fracaso que he vivido en distintas circunstancias de mi vida,
tanto en el plano familiar como profesional, es una experiencia que ha
activado, como pocas, la pregunta por el sentido. Cuando uno fracasa, se
pregunta qué es lo que realmente importa, qué es lo que le sostiene en la vida,
qué merece el esfuerzo y la dedicación; en definitiva, se pregunta para qué
está en este mundo.
¿Qué desea Francesc Torralba? ¿Cómo se cumple? ¿Qué le decepciona?
Vivir a fondo. No me gustaría morir y darme cuenta de que no he
vivido. La vida es don. Nadie ha decidido existir, pero tenemos la posibilidad
de convertir cada día en una obra de arte, en una ocasión para crear belleza,
verdad, unidad y bien a nuestro alrededor. He llegado a una conclusión
paradójica: lo que llena más es darse. Me decepcionan las contradicciones que
existen en mi ser; la distancia infinita entre lo que me siento llamado a
devenir y lo que realmente soy; me decepciona la mezquindad humana, la
estupidez, la crueldad, la violencia, pero, especialmente, el cinismo de los
poderosos.
Fuente:
http://web.elsentidobuscaalhombre.com/v_portal/informacion/informacionver.asp?cod=1670&te=39&idage=3134&vap=0
Discurso del Papa Francisco en la Universidad de Al-Azhar
Texto completo del discurso del Papa Francisco :
Al
Salamò Alaikum! / La paz sea con
vosotros.
Es para mí
un gran regalo estar aquí, en este lugar, y comenzar mi visita a Egipto
encontrándome con vosotros en el ámbito de esta Conferencia
Internacional para la Paz. Agradezco al Gran Imán por haberla
proyectado y organizado, y por su amabilidad al invitarme. Quisiera compartir
algunas reflexiones, tomándolas de la gloriosa historia de esta tierra, que a
lo largo de los siglos se ha manifestado al mundo como tierra
de civilización y tierra de alianzas.
Tierra
de civilización. Desde la antigüedad, la civilización que surgió en las orillas
del Nilo ha sido sinónimo de cultura. En Egipto ha brillado la luz del
conocimiento, que ha hecho germinar un patrimonio cultural de valor
inestimable, hecho de sabiduría e ingenio, de adquisiciones matemáticas y astronómicas,
de admirables figuras arquitectónicas y artísticas.
La búsqueda
del conocimiento y la importancia de la educación han sido iniciativas que los
antiguos habitantes de esta tierra han llevado a cabo produciendo un gran
progreso. Se trata de iniciativas necesarias también para el futuro,
iniciativas de paz y por la paz, porque no habrá paz sin una adecuada educación
de las jóvenes generaciones. Y no habrá una adecuada educación para los jóvenes
de hoy si la formación que se les ofrece no es conforme a la naturaleza del
hombre, que es un ser abierto y relacional.
La
educación se convierte de hecho en sabiduría de vida cuando consigue que el hombre, en
contacto con Aquel que lo trasciende y con cuanto lo rodea, saque lo mejor de
sí mismo, adquiriendo una identidad no replegada sobre sí misma.
La
sabiduría busca al otro, superando la tentación de endurecerse y encerrarse;
abierta y en movimiento, humilde y escudriñadora al mismo tiempo, sabe
valorizar el pasado y hacerlo dialogar con el presente, sin renunciar a una
adecuada hermenéutica.
Esta
sabiduría favorece un futuro en el que no se busca la prevalencia de la propia
parte, sino que se mira al otro como parte integral de sí mismo; no deja, en el
presente, de identificar oportunidades de encuentro y de intercambio; del
pasado, aprende que del mal sólo viene el mal y de la violencia sólo la
violencia, en una espiral que termina aislando.
Esta sabiduría, rechazando toda ansia de injusticia, se centra en la dignidad
del hombre, valioso a los ojos de Dios, y en una ética que sea digna del
hombre, rechazando el miedo al otro y el temor de conocer a través de los
medios con los que el Creador lo ha dotado.
Precisamente
en el campo del diálogo, especialmente interreligioso, estamos llamados a
caminar juntos con la convicción de que el futuro de todos depende también del
encuentro entre religiones y culturas. En este sentido, el trabajo del Comité
mixto para el Diálogo entre el Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso
y el Comité de Al-Azhar para el Diálogo representa un ejemplo concreto
y alentador.
El diálogo
puede ser favorecido si se conjugan bien tres indicaciones fundamentales: el
deber de la identidad, la valentía de la alteridad y la sinceridad de las intenciones.
El deber de la identidad, porque no se puede entablar un diálogo
real sobre la base de la ambigüedad o de sacrificar el bien para complacer al
otro.
La
valentía de la alteridad, porque al que es diferente, cultural o religiosamente, no se le
ve ni se le trata como a un enemigo, sino que se le acoge como a un compañero
de ruta, con la genuina convicción de que el bien de cada uno se encuentra en
el bien de todos. La sinceridad de las intenciones,
porque el diálogo, en cuanto expresión auténtica de lo humano, no es una
estrategia para lograr segundas intenciones, sino el camino de la verdad, que
merece ser recorrido pacientemente para transformar la competición en
cooperación.
Educar,
para abrirse con respeto y dialogar sinceramente con el otro, reconociendo sus
derechos y libertades fundamentales, especialmente la religiosa, es la mejor
manera de construir juntos el futuro, de ser constructores
de civilización. Porque la única alternativa
a la barbarie del conflicto es la cultura
del encuentro. Y con el fin de contrarrestar realmente la barbarie
de quien instiga al odio e incita a la violencia, es necesario acompañar y
ayudar a madurar a las nuevas generaciones para que, ante la lógica incendiaria
del mal, respondan con el paciente crecimiento del bien: jóvenes que, como
árboles plantados, estén enraizados en el terreno de la historia y, creciendo
hacia lo Alto y junto a los demás, transformen cada día el aire contaminado de
odio en oxígeno de fraternidad.
En este
desafío de civilización tan urgente y emocionante, cristianos y musulmanes, y
todos los creyentes, estamos llamados a ofrecer nuestra aportación: «Vivimos
bajo el sol de un único Dios misericordioso. [...] Así, en el verdadero sentido
podemos llamarnos, los unos a los otros, hermanos y hermanas [...], porque sin
Dios la vida del hombre sería como el cielo sin el sol».
Salga pues
el sol de una renovada hermandad en el nombre de Dios; y de esta tierra,
acariciada por el sol, despunte el alba de una civilización
de la paz y del encuentro. Que san Francisco de Asís, que hace ocho
siglos vino a Egipto y se encontró con el Sultán Malik
al Kamil, interceda por esta intención.
Tierra
de alianzas. Egipto no sólo ha visto amanecer el sol de la sabiduría, sino
que su tierra ha sido también iluminada por la luz multicolor de las
religiones. Aquí, a lo largo de los siglos, las diferencias de religión han
constituido «una forma de enriquecimiento mutuo del servicio a la única
comunidad nacional».
Creencias
religiosas diferentes se han encontrado y culturas diversas se han mezclado sin
confundirse, reconociendo la importancia de aliarse para el bien común.
Alianzas de este tipo son cada vez más urgentes en la actualidad. Para hablar
de ello, me gustaría utilizar como símbolo el «Monte de la Alianza» que se
yergue en esta tierra. El Sinaí nos recuerda, en primer lugar, que una
verdadera alianza en la tierra no puede prescindir del Cielo, que la humanidad
no puede pretender encontrar la paz excluyendo a Dios de su horizonte, ni
tampoco puede tratar de subir la montaña para apoderarse de Dios (cf. Ex
19,12).
Se trata de
un mensaje muy actual, frente a esa peligrosa paradoja que persiste en nuestros
días, según la cual por un lado se tiende a reducir la religión a la esfera
privada, sin reconocerla como una dimensión constitutiva del ser humano y de la
sociedad y, por el otro, se confunden la esfera religiosa y la política sin
distinguirlas adecuadamente.
Existe el
riesgo de que la religión acabe siendo absorbida por la gestión de los asuntos
temporales y se deje seducir por el atractivo de los poderes mundanos que en
realidad sólo quieren instrumentalizarla.
En un mundo
en el que se han globalizado muchos instrumentos técnicos útiles, pero también
la indiferencia y la negligencia, y que corre a una velocidad frenética,
difícil de sostener, se percibe la nostalgia de las grandes cuestiones sobre el
sentido de la vida, que las religiones saben promover y que suscitan la
evocación de los propios orígenes: la vocación del hombre, que no ha sido
creado para consumirse en la precariedad de los asuntos terrenales sino para
encaminarse hacia el Absoluto al que tiende.
Por estas
razones, sobre todo hoy, la religión no es un problema sino parte de la
solución: contra la tentación de acomodarse en una vida sin relieve, donde todo
comienza y termina en esta tierra, nos recuerda que es necesario elevar el ánimo
hacia lo Alto para aprender a construir la ciudad de los hombres.
En este
sentido, volviendo con la mente al Monte Sinaí, quisiera referirme a los
mandamientos que se promulgaron allí antes de ser escritos en la piedra. En el
corazón de las «diez palabras» resuena, dirigido a los hombres y a los pueblos
de todos los tiempos, el mandato «no matarás» (Ex 20,13).
Dios, que
ama la vida, no deja de amar al hombre y por ello lo insta a contrastar el
camino de la violencia como requisito previo fundamental de toda alianza en la
tierra. Siempre, pero sobre todo ahora, todas las religiones están llamadas a
poner en práctica este imperativo, ya que mientras sentimos la urgente
necesidad de lo Absoluto, es indispensable excluir cualquier absolutización que
justifique cualquier forma de violencia. La violencia, de hecho, es la negación
de toda auténtica religiosidad.
Como
líderes religiosos estamos llamados a desenmascarar la violencia que se
disfraza de supuesta sacralidad, apoyándose en la absolutización de los egoísmos
antes que en una verdadera apertura al Absoluto.
Estamos
obligados a denunciar las violaciones que atentan contra la dignidad humana y
contra los derechos humanos, a poner al descubierto los intentos de justificar
todas las formas de odio en nombre de las religiones y a condenarlos como una
falsificación idolátrica de Dios: su nombre es santo, él es el Dios de la paz,
Dios salam. Por tanto, sólo la paz es santa y
ninguna violencia puede ser perpetrada en nombre de Dios porque profanaría su
nombre.
Juntos, desde esta tierra de encuentro entre el cielo y la tierra, de alianzas entre los pueblos y entre los creyentes, repetimos un «no» alto y claro a toda forma de violencia, de venganza y de odio cometidos en nombre de la religión o en nombre de Dios. Juntos afirmamos la incompatibilidad entre la fe y la violencia, entre creer y odiar. Juntos declaramos el carácter sagrado de toda vida humana frente a cualquier forma de violencia física, social, educativa o psicológica.
Juntos, desde esta tierra de encuentro entre el cielo y la tierra, de alianzas entre los pueblos y entre los creyentes, repetimos un «no» alto y claro a toda forma de violencia, de venganza y de odio cometidos en nombre de la religión o en nombre de Dios. Juntos afirmamos la incompatibilidad entre la fe y la violencia, entre creer y odiar. Juntos declaramos el carácter sagrado de toda vida humana frente a cualquier forma de violencia física, social, educativa o psicológica.
La fe que
no nace de un corazón sincero y de un amor auténtico a Dios misericordioso es
una forma de pertenencia convencional o social que no libera al hombre, sino
que lo aplasta. Digamos juntos: Cuanto más se crece en la fe en Dios, más se
crece en el amor al prójimo.
Sin
embargo, la religión no sólo está llamada a desenmascarar el mal sino que lleva
en sí misma la vocación a promover la paz, probablemente hoy más que nunca.[6]
Sin caer en sincretismos conciliadores, nuestra tarea es la de rezar los unos
por los otros, pidiendo a Dios el don de la paz, encontrarnos, dialogar y
promover la armonía con un espíritu de cooperación y amistad. Como cristianos
«no podemos invocar a Dios, Padre de todos los hombres, si nos negamos a
conducirnos fraternalmente con algunos hombres, creados a imagen de Dios».
Más aún,
reconocemos que inmersos en una lucha constante contra el mal, que amenaza al
mundo para que «no sea ya ámbito de una auténtica fraternidad», «a los que
creen en la caridad divina les da la certeza de que abrir a todos los hombres
los caminos del amor y esforzarse por instaurar la fraternidad universal no son
cosas inútiles».
Por el
contrario, son esenciales: En realidad, no sirve de mucho levantar la voz y
correr a rearmarse para protegerse: hoy se necesitan constructores de paz, no
provocadores de conflictos; bomberos y no incendiarios; predicadores de
reconciliación y no vendedores de destrucción.
Asistimos
perplejos al hecho de que, mientras por un lado nos alejamos de la realidad de
los pueblos, en nombre de objetivos que no tienen en cuenta a nadie, por el
otro, como reacción, surgen populismos demagógicos que ciertamente no ayudan a
consolidar la paz y la estabilidad.
Ninguna
incitación a la violencia garantizará la paz, y cualquier acción unilateral que
no ponga en marcha procesos constructivos y compartidos, en realidad, sólo
beneficia a los partidarios del radicalismo y de la violencia. Para prevenir
los conflictos y construir la paz es esencial trabajar para eliminar las
situaciones de pobreza y de explotación, donde los extremismos arraigan
fácilmente, así como evitar que el flujo de dinero y armas llegue a los que
fomentan la violencia.
Para ir más
a la raíz, es necesario detener la proliferación de armas que, si se siguen
produciendo y comercializando, tarde o temprano llegarán a utilizarse. Sólo
sacando a la luz las turbias maniobras que alimentan el cáncer de la guerra se
pueden prevenir sus causas reales.
A este
compromiso urgente y grave están obligados los responsables de las naciones, de
las instituciones y de la información, así como también nosotros responsables
de cultura, llamados por Dios, por la historia y por el futuro a poner en
marcha —cada uno en su propio campo— procesos de paz, sin sustraerse a la tarea
de establecer bases para una alianza entre pueblos y estados.
Espero que,
con la ayuda de Dios, esta tierra noble y querida de Egipto pueda responder aún
a su vocación de civilización y de alianza, contribuyendo a promover procesos
de paz para este amado pueblo y para toda la región de Oriente Medio.
Al
Salamò Alaikum! / La paz esté con
vosotros.
Etiquetas:
Dios,
papa,
religiones,
violencia
sábado, 29 de abril de 2017
GRANDES RAZONES PARA CURSAR UNA ASIGNATURA APASIONANTE.
Además de ayudar a entender el mundo en el que vivimos, nuestra cultura y la de los demás, deberíamos valorar estas grandes razones:
ES TU LIBERTAD PARA ELEGIR
La religión es la única asignatura que puedes elegir cada año. Si la eliges puedes conocer mejor el sentido de la vida, el origen del arte y la cultura, el valor de cada ser humano. Elegir religión te permite conocer mejor para ser más libre.
UNA VISIÓN PLURAL DE LA SOCIEDAD
Es una asignatura para debatir, dialogar sobre nuestra sociedad y sus valores, sobre las grandes preguntas de la persona humana, sobre cómo construir un mundo mejor. Es un tiempo para comprender y dialogar con todos y ofrecer respuestas.
NO MIDE TU FE, SINO TU CONOCIMIENTO
En religión no se te pregunta por tus creencias, sino sobre el contenido de la asignatura impartida. El respeto a la libertad de cada alumno es total, porque la fe es un acto de la libertad de la persona.
FOMENTA EL RESPETO Y LA TOLERANCIA
La clase de religión te ayuda a conocer la persona humana, su valor y dignidad. Por eso fomenta la solidaridad, la tolerancia, el respeto, el compromiso, la opción por los más necesitados, la lucha por la justicia...
APORTA VALORES HUMANOS ESENCIALES
Jesús de Nazaret nos dejó un estilo de vida que merece la pena conocer. Es el gran maestro de humanidad que nos enseñó a ser personas que buscan el bien, la verdad y la belleza, a vivir la relación original con el Misterio que nos constituye.
AYUDA A COMPRENDER EL MUNDO EN EL QUE VIVES
Las tensiones en Oriente Medio, el liderazgo del Papa Francisco, la necesidad del cuidado de la Naturaleza, la preocupación por los refugiados, la persecución sistemática de los cristianos en Oriente y África, las causas del terrorismo son afrontadas en esta asignatura.
Fuente: http://meapuntoareligion.com
miércoles, 12 de abril de 2017
Lo mínimo
Moisés baja del Sinaí y reúne a todo el pueblo: «Oíd: tengo que comunicaros una noticia buena y una noticia mala». «¡Dinos primero la buena!», exclama el pueblo a una voz. Y Moisés: «La buena noticia es que he conseguido rebajar los mandamientos de quince a diez... Desgraciadamente la mala es que con el adulterio ¡no ha habido nada que hacer!». HISTORIETA JUDÍA
Es ésta una incursión en el mundo del humorismo judío. Muchos quizá sepan que se trata de una de las desternillantes historietas que a menudo cuenta Moni Ovadia, un extraordinario actor capaz de entrelazar diversos géneros didácticos teniendo en cuenta sus orígenes culturales y religiosos. Tal vez el apólogo nos permita, un poco libremente, una reflexión seria, porque ya Aldo Palazzeschi advertía que «la ironía es el vértice de la política del espíritu». Pues bien, en las historietas de Ovadia hay un elemento característico del comportamiento humano, la opción por lo mínimo. Sobre todo, en el ámbito moral, lo más frecuente es la rebaja. Por algo prolifera, incluso a nivel teológico, la casuística, que en realidad tenía como objetivo atemperar el rigor de la norma con los atenuantes sacados del contexto, la situación, las excusas. Pero progresivamente esta práctica oscureció los principios, avanzando cada vez más hacia la componenda, la excepción, el mínimo común denominador ético. No se puede construir una moral verdadera solo sobre lo mínimo. Es más, hay que proceder desde el
ideal «Sed perfectos como perfecto es vuestro Padre del cielo» (Mt 5,8) y desde las alturas descender recurriendo –cuando es necesario- a la misericordia y a la comprensión. BL 04.12
sábado, 18 de febrero de 2017
Actitudes correctas
Para enterarse de lo que está pasando, hay que seguir la actividad de los archipámpanos del mundialismo. Un tal Vitit Muntarbhorn, relator elegido por el Consejo de Derechos de Naciones Unidas, acaba de explicar cuál debe ser la estrategia para evitar “la discriminación basada en la orientación sexual e identidad de género”. Muntarbhorn considera prioritario “formar a los niños en actitudes correctas desde una edad temprana”; y afirma sin ambages que “la libertad de expresión y la libertad religiosa no son derechos absolutos y podrán ser limitados”. Es un soniquete que llevamos escuchando bastante tiempo, a veces expresado más brutalmente, como hizo Hillary Clinton: “Las creencias religiosas han de modificarse. Los gobiernos deben emplear sus recursos coercitivos para redefinir los dogmas religiosos tradicionales”.
¡Pero esto es un atropello!, exclaman los católicos cándidos, que todavía piensan ilusamente que las declaraciones de derechos humanos amparan sus creencias. Pero lo que la “libertad religiosa” hace, lo mismo que la “libertad de expresión”, es más bien otorgar el mismo rango a todas las religiones y expresiones, que a partir de ese momento pasan a tener todas el mismo valor (o sea, ninguno) y se anulan entre sí. Lo que la “libertad religiosa” pretende es que la religión fundadora de nuestra civilización valga lo mismo que cualquier superstición sectaria y pachanguera. Lo que la “libertad de expresión” pretende es que la verdad quede oscurecida por un enjambre de mentiras, de modo que verdad y mentira queden igualadas en una papilla indiscernible. Y allí donde todas las creencias religiosas valen un ardite, es inevitable que el orden temporal usurpe los atributos divinos y exija adoración; allí donde la palabra del sabio y la palabra del necio son opiniones igualmente valiosas, es inevitable que acabe imponiéndose una verdad oficial que se alce sobre el guirigay reinante.
El hombre es un ser de dependencias: allá donde no tiene un Dios al que adorar, termina adorando ídolos; allá donde no puede abrazarse a la verdad, termina abrazándose a las paparruchas más dementes. Esto lo sabían bien los promotores de los “derechos humanos”, que emboscaron detrás de una vaga ética cristiana una religión antropoteísta que disfrazaba de “dignidad” humana lo que no era sino exaltación de los apetitos. Esta es la razón por la que los “derechos humanos” no han dejado nunca de redefinirse y ampliarse, quitándose al fin la careta de la inspiración cristiana con la que en su día engolosinaron a los católicos cándidos; pues, a medida que los apetitos humanos hallaban satisfacción, despertaban otros apetitos, cada vez más caprichosos y excéntricos, cada vez más voraces en su afán de imposición.
Llegados a este punto, la argumentación del relator Muntarbhorn que citábamos al principio es irreprochablemente lógica. Del mismo modo que la religión antropoteísta no puede admitir que unos testigos de Jehová impidan que sus hijos reciban una transfusión de sangre, tampoco puede admitir que unos católicos impidan que sus hijos reciban en la escuela “orientación sobre su identidad de género”. Pues, para la religión antropoteísta, los testigos de Jehová y los católicos son igualmente grupúsculos de friquis que enarbolan creencias religiosas obsoletas. Y tales creencias sólo se toleran mientras no osen infringir la verdad oficial establecida por un poder temporal que, entretanto, ha usurpado los atributos divinos. Pero, si osan infringirla, tendrán que ser limitadas, para que los niños sean formados en actitudes correctas, para que puedan recibir transfusiones de sangre y orientación sobre su identidad de género.
Publicado en ABC el 13 de febrero de 2017.
| |||||
viernes, 10 de febrero de 2017
GYMKARELI 2017. NOS VAMOS DE NOVENA.
¡¡¡Vamos por la NOVENA!!!
“GIMKARELI 2017”
27 de abril, jueves.
ORGANIZACIÓN Y NORMAS DE INSCRIPCIÓN:
1. Actividad organizada por la Delegación Diocesana de Enseñanza y dirigida a ALUMNOS DE 2º de ESO, matriculados en la asignatura de Religión y Moral Católica.
2. El día 9 DE MARZO, 18 horas, REUNIÓN DE PROFESORES RESPONSABLES en Palacio Arzobispal (después de esta fecha NO se admitirán inscripciones) para:
· Entregar la relación de participantes indicando las tallas de camisetas de sus alumnos/as, profesores y monitores (si los hubiera) para reserva de las mismas. Tallas disponibles XS, S, M, L, XL, XXL.
· La colaboración será de 5€ por alumno. Incluye camiseta, acreditación, cuaderno de notas, bolígrafo Y REFRESCO. EL DINERO HAY QUE ENTREGARLO EL DIA DE LA REUNIÓN, 9 DE MARZO.
· Podéis traer algunos alumnos mayores “responsables y dinámicos” de Bachillerato que harán de monitores en los grupos. RELACION CON TALLA DE CAMISETAS Y Nº DE TELEFONO. Ellos no pagan nada.
· Recomendamos nº máximo de participantes por Centro de 45 a 50.
3. El lema y tema que utilizaremos en esta gimkareli es: “AMOR Y AMISTAD”
4. El 27 de abril calculad para estar en la Plaza Virgen de los Reyes a las 9,30 horas.
Gracias a todos/as por vuestro esfuerzo.
¡ANIMAROS!
(NEW) e-mail de contacto: gimkareli@gmail.com
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
