domingo, 25 de septiembre de 2016

Tarea de las religiones


La tarea de las religiones es recordar a los seres humanos lo eterno en lo temporal. La mayoría de las personas está lejos de tener a Dios como su meta última. Demasiados buscan su felicidad en proyecciones sobre cosas temporales. Están poseídos por la idea de que la carrera, las posesiones, las vacaciones y la sexualidad son capaces de dar sentido a la vida. Las  religiones nos hacen saber que lo divino, lo eterno, forma parte de la persona, es el centro más íntimo de la existencia humana.

Las religiones han sido y seguirán siendo, las que nos recuerdan esto una y otra vez. Por muy imperfectos que sean sus representantes y seguidores, nuestras religiones siguen siendo el dedo que apunta a Dios.


viernes, 23 de septiembre de 2016

NUEVA WEB DE LA DELEGACIÓN DIOCESANA DE ENSEÑANZA DE SEVILLA

Os recordamos la nueva página web de la Delegación Diocesana de Enseñanza de la Archidiócesis de Sevilla.

http://relisevilla.es/

Esperamos vuestras aportaciones para hacer de ella un gran centro de intercambio de experiencias metodológicas y de crecimiento didáctico y pedagógico. Son muchos los materiales de elaboración propia que pueden ayudar a los compañeros y de los que podemos enriquecernos todos. 

El equipo técnico os anima a compartir.

Difunde y comparte la web del profesorado de religión católica de Sevilla. También en las redes sociales.


EL COMPROMISO


Me atrevo a compartir con vosotros un post del Blog de joseferjuan. 
El compromiso que se da en las aulas. Que a poco que pensemos, somos capaces de reconocer diversos niveles:
  1. El compromiso consigo mismo. O la terrible necesidad de ser sinceros de puertas para adentro, de saber mirar con cierto descaro la propia historia y dejarse sorprender, cuando no sobrecogerse. Educar este compromiso es poner el fundamento de todo lo demás; sin él, construimos sobre arena. Recuerdo a un alumno, llamado Raúl, que hace unos años se prometió a sí mismo ser quien era, ser su mejor versión; no sin dificultades, a lo largo del año vi cómo fue tomando las riendas de su vida y soltando ciertas amarras que le ataban.
  2. El compromiso con el más próximo. Que en el caso del aula son los compañeros cercanos, no sólo el grupo de amigos. Ese próximo puede ser un desconocido al inicio del curso y puede quedar así hasta el final, o se pueden dar relaciones de verdadero intercambio y responsabilidad mutua. Siempre he creído en estas pequeñas projimidades, como una oportunidad para la apertura, el acompañamiento, el crecimiento personal, la aceptación de sí mismo y del otro.  Ainhoa es mi ejemplo; alumna que hace unos años, en una clase reducida en la que trabajábamos todo entre todos, se echó a las espaldas a los que más necesidades tenían, y con carácter comenzó a tejer relaciones de ayuda entre todos. Me quedaba con ellos por las tardes a estudiar en el colegio, pero mi presencia era meramente testimonial.
  3. El compromiso con la clase. En aulas grandes, de muchos más alumnos de los que desearíamos los profesores del siglo XXI, el ambiente es clave. Parte lo generamos los profesores que entramos y salimos, y gran parte se debe a los alumnos. Precisamente estos días he tratado con los de 1ºBachillerato de este asunto, y son bien conscientes de lo que cambia estar en un sitio o en otro. La cuestión es que de cada uno debe nacer la necesidad de generar un clima propicio y distendido, en el que se esté bien. No es algo, de verdad, que esté en manos exclusivamente de los profesores; se da en la medida en que se participa. Y siempre recordaré una clase difícil, muy difícil, en la que entraba dos horas a la semana y los alumnos querían estar, partían de una excelente disponibilidad a lo que sucediera.
  4. El compromiso con su familia. No olvidarlo. Un alumno también tiene una responsabilidad con quienes hacen posible con su esfuerzo que vaya a clase, que estudie por las tardes, que tenga lo necesario. Parte de la labor educativa, en cuanto al compromiso, debería ser clara al respecto. Más aún cuando en casa hay dificultades, o se conocen las dificultades de familias de compañeros. Saber agradecer, despertar la culpa si corresponde y la felicitación por lo alcanzado. Aquí, un contra-ejemplo, de alumnos cuyos padres están en paro y ellos piensan más en sus fines de semana que aportar alegría y satisfacción en casa. No puedo imaginar del todo el dolor de estos padres al ver cómo si hijo va tirando por la borda sus posibilidades de futuro, la oportunidad de no verse en el triste desenlace en el que ellos están.
  5. El compromiso con el barrio, primera sociedad. Sueño con una escuela abierta al barrio y envidio esos colegios de Finlandia que aparecen en tantos sitios, donde las familias colaboran permanentemente, donde se hacen reuniones de todo tipo y viene la gente de la zona, donde se crea un espacio de encuentro y progreso ciudadano. Sueño con ello, sabiendo que es posible. Parte del compromiso de nuestros alumnos debe ser con la zona, y para ello es necesario conocerla y cotejarla con otras. Están tan acostumbrados y hechos a vivir allí, con sus calles y sus zonas, que no saben mirar más allá, ni cómo mejorarlo. Y esto es imperdonable educativamente. Lo contrario de eso que sueño es un espacio en el que los alumnos son encerrados entre paredes nobles, más allá de las cuales no cabe mirar, aislados de la realidad y pendientes de sus libros.
Serían más, pero por aquí está bien empezar. Sinceramente pienso que hay formas y formas de acompañar este camino.
  1. El ejemplo del maestro y profesor. Lo pongo lo primero porque sin ello no vamos a ningún sitio. Si el profesor es el primero que da la espalda a la realidad, no conoce el barrio del colegio (viva o no allí), no hay mucho trecho que andar. Por aquí comienza casi todo. Por aquí y por la familia, por supuesto.
  2. Dedicar tiempo a hablar con los alumnos. Nos empeñamos en tiempos formales, desaprovechando otros muchos encuentros. Recuerdo primeras conversaciones, que luego dieron pie a otras muchas verdaderamente importantes. A Raúl lo encontré un día por el pasillo y nunca antes habíamos hablado cara a cara.
  3. Ser exigentes, sin demasiados paños calientes. Sin consolar antes de tiempo, dicho de otro modo, acogiendo la frustración sin medias tintas. Lo que vive en ese momento es crucial, es su tiempo de responsabilidad, de acogerse a sí mismo, de ser dueños de sí. Siempre y cuando no sea enfermizo. A partir de ahí, avanzar y crecer, sin paliar. Duele porque sabe, en el fondo lo sabe, que es mejor y vale más de lo que está haciendo. Le falta ponerle palabras, pero es el siguiente paso.
  4. Valorar los procesos. No todas las personas parten de la misma situación, por lo que tampoco pueden "medirse" igual los resultados. Algunas personas comienzan a crecer llegando a mínimos, cuando otras deberían estar pensando, sin conformarse, en sus máximos personales. Cada cual hace su camino, y un educador, mucho más si cabe un padre, debe ser capaz de tratar a cada cual como único.
  5. Abrir puertas, mostrar posibilidades. Decía ayer que el problema de los jóvenes muchas veces no está en relación al deber, en algunos aspectos, sino a los cómos. Se agobian y pierden cuando no saben cómo hacer algo. De ahí que sea necesario que alguien ofrezca posibilidades donde salga lo mejor de cada uno. Una experiencia, repetida una y otra vez en los distintos colegios en los que he vivido, ha sido la de ver a un alumno de los mayores, que en clase se hace el duro e incluso resulta disruptivo por sus salidas y malas formas, enternecerse con los más pequeños. Centros que tengan la oportunidad de conjugar Bachillerato e Infantil no pueden perder esta ocasión para abrir puertas a lo mejor de cada uno. Se constata una y otra vez, al menos en mi caso.
  6. Confiar, ver lo mejor. Cansado y harto estoy de los estereotipos que tildan a cada generación joven de no comprometida y despistada, carente de referentes y toda una larga cantinela de improperios. Que no es nueva, sólo hay que ver la historia. Se denigra a los jóvenes sistemáticamente sin confiar en ellos. Y no hay palabra mayor que ésta: Creo en ti. Sobran los consejos.
Pienso al escribir este post, que algunos de mis alumnos ya han ido a países de África, de América movidos por un compromiso por un mundo mejor. También, y muy particularmente, en todos aquellos que con lo más cercano crean vínculos y lazos, en voluntariados de barrio, en asociaciones de todo tipo, en lugares que, en definitiva, muestran lo mejor de cada uno de ellos. Y me sale una plácida sonrisa.

jueves, 22 de septiembre de 2016

El provecho



¿No habremos cometido un gravísimo error, convirtiendo al hombre únicamente en creador de provecho? ¿Es que el hombre contemporáneo no es ya aquel ser capaz de dejar sus negocios personales por una dulce sonrisa o una caricia amorosa?


"Es un poco paradójica, pero encierra una gran verdad, esta declaración hecha en una entrevista por el escritor Vaclav Havel (1936-2011), que fue uno de los protagonistas de la oposición al régimen comunista y, de 1989 a 2003, presidente de la República checa. La reducción del hombre a puro fenómeno económico ha estado no raras veces en la base de distintas ideologías, incluso antitéticas entre sí. Ocupa el trasfondo del pensamiento publicitario y el centro de algunos proyectos sociales. A la luz de esta concepción, toda la historia se lee como un juego de intereses, las opciones personales se guían por el provecho propio, los valores que cuentan solo son los del dinero. En una de las antiguas casas de Pompeya, sepultada por la lava, se leía esta inscripción: «La felicidad es ganar». En realidad, afortunadamente, las cosas no son solo esto. Acumular no es fuente de felicidad incontaminada. El hombre no se resigna a ser solo un número o un estómago. Como decía Havel, de repente estalla en él el amor y entonces riqueza, propiedad, éxito pierden gusto y fascinación y está dispuesto incluso a renunciar y a perder para gozar de aquella sonrisa y de aquella caricia. Entonces se intuye la verdad de la ley formulada por Cristo: hay que perder (hasta la vida) para encontrar. O descubre –siempre en la línea de las palabras de Jesús- que «hay más alegría en dar que en recibir». Solo así se consigue ser una verdadera persona, una criatura de Dios que opta por la belleza, la verdad, el amor". (Ravasi)

miércoles, 21 de septiembre de 2016

GRUPOS DE TRABAJO. CURSO 2016-2017

Se encuentra abierta la convocatoria para solitar la formación de grupos de trabajo. Dicho plazo finaliza el 15 de octubre de 2016. Transcurrido ese plazo, no se admitirá ningún grupo de trabajo.

El número de miembros del grupo de trabajo debe ser como mínimo de 3 y a lo sumo de 10.

Es muy conveniente que, para tener toda la información, leas detenidamente cada uno de los siguientes apartados desplegables que te facilitamos:

Pincha aquí.

Cualquier duda consulta con tú asesor de referencia. En Sevilla: Javier Sierra.

GRUPOS DE TRABAJO. CURSO 2016-2017.

Video con el resumen de las instrucciones para dar de alta un grupo de trabajo en cualquier CEP de Andalucía.
Cualquier duda consulta a tú asesor de referencia.



sábado, 10 de septiembre de 2016

PARÁBOLA DE LOS RETORNOS.



El padre de la parábola tenía dos hijos.
El hijo mayor era un pendón de procesión, el pequeño un pendón de taberna. Con los dineros del padre, el pequeño se marchó por ahí. Terminó comiendo algarrobas. Las algarrobas mal digeridas le endulzaron el corazón.

Volvió a casa con el endeble arrepentimiento de los débiles.
El padre le esperaba y le vio llegar desde lejos.
Para la fiesta del retorno mataron un novillo cebado. El hijo mayor murmuraba por lo bajo, pero se sentó a la mesa. El novillo cebado sabía a perdón.
A la mañana siguiente los dos mozos fueron a trabajar, sin hablarse demasiado. Por cada surco que abría el pequeño, el mayor hacía tres. Al caer el día, el mayor se dedicó todavía a limpiar las bestias del establo, mientras el pequeño no tenía ya fuerzas para nada.
Así fueron pasando los días. El mayor hacía lo de siempre. El pequeño estaba inquieto. Marchaba al atardecer y volvía tarde oliendo a vino.
Un día desapareció. Había vuelto a las andadas.

Al cabo de cierto tiempo, regresó vencido.
El padre le esperaba y le vio llegar desde lejos.
Para la fiesta del retorno mataron un cordero. El avinagrado rostro del mayor entristecía la mesa. Pero el cordero tenía mejor sabor que el novillo cebado, sabía más a perdón.
A la mañana siguiente los dos mozos salieron a trabajar sin hablarse nada. El pequeño notaba cómo el hermano mayor se le adelantaba siempre al abrir los surcos. Al caer el día, ya en casa, el mayor se dedicó todavía a aparejar los aperos, mientras el pequeño no podía con su alma.
Pasaron los días. El mayor hacía lo de siempre. El pequeño llegaba tarde oliendo a vino.
Un día desapareció. Había vuelto a las andadas.

Cierto tiempo después, regresó delgado, pálido.
El padre le esperaba y le vio llegar desde lejos.
Para la fiesta del retorno mataron un pollo. El mayor estaba muy cabreado, callaba y comía de cara al plato. Pero el pollo tenía mejor sabor que el novillo cebado y el cordero, sabía más a perdón.
A la mañana siguiente los dos mozos fueron al campo, alejados el uno del otro. El pequeño trabajaba por rutina. Al mediodía ya no pudo más. El mayor lo encontró derrengado en casa.
Pasaron los días. El mayor hacía lo de siempre. El pequeño tenía la mirada perdida.
Un día desapareció. Otra vez a las andadas.

Cuando regresó, destrozada su cara por la tristeza, ya ni hombre parecía.
El padre le esperaba y le vio llegar desde lejos.
Para la fiesta del retorno en la mesa sólo hubo un plato. El mayor estaba más cabreado que nunca. El padre callaba, pero callaba de otra manera. El hijo supo que cada día, cada día en la mesa había habido un lugar y un plato para él. Esperándole. Y aquel plato sin cocido tenía un sabor mucho mejor que el del novillo cebado, el cordero o el pollo. Mucho mejor que todas las comidas. Era el gusto de un perdón infinito.
Pasaron los días. El hijo mayor cada vez más perfecto, con la perfección del hielo. El padre continuaba infinitamente tierno.
El hijo pequeño marchaba y volvía, marchaba y volvía.

Marchó y volvió setenta veces siete.
El padre le esperaba y le veía llegar desde lejos. El hijo encontraba siempre el plato en la mesa.
Aunque el mayor fuera incapaz de entenderlo, el padre sí lo sabía. Sabía que el hijo pequeño algún día totalmente vencido, sin fuerzas, desnudo como los que vienen del infierno, se sentaría en la mesa para no marchar ya nunca más.
Benditos esos setenta veces siete retornos.
Tras ellos el hijo pequeño supo qué clase de padre tenía. Como lo sabemos todos los que hemos tenido que confesarnos. Setenta veces siete.
Y cada vez en la mesa celebramos la fiesta del retorno con el Pan y el Vino de la Eucaristía.
                                                                                                             Josep M. Ballarín